Las 5 terribles consecuencias de no llevar una dieta sostenible

Sí, sigo dando la vara con el tema de la alimentación sostenible, y es que este es el segundo artículo de una serie de 3. Puedes leer aquí el primero, que trata de los 7 errores que te impiden llevar una alimentación sostenible.

Después de ver qué es eso que no nos deja cambiar a dietas más respetuosas con el medio ambiente y con nuestra salud, me parece que ha llegado el momento de plantear qué ocurre si no cambiamos ya nuestra forma de alimentarnos.

Comemos todos los días, varias veces, porque somos unos afortunados, por desgracia no es para todo el mundo igual. Cada vez que consumimos cualquier tipo de alimento estamos generando un impacto en el medio ambiente, más grande o más pequeño dependiendo de que se trate. También estamos teniendo una clara influencia en nuestra salud y bienestar. Y aunque no nos demos cuenta de ello, estamos influyendo en la vida de las personas que habitan incluso en la otra punta del mundo.

Es evidente que nuestra dieta tiene unas consecuencias para nosotros, para los demás y para el planeta. ¿Qué pasa entonces si seguimos comiendo de la misma forma que lo hacemos?

 

Las consecuencias de no llevar una dieta sostenible:

 

–          Incrementamos el cambio climático.

En Europa, el consumo de comida y bebida es responsable del 15 % de las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas del consumo nacional. Está bien documentado el potencial con el que cuentan las dietas mejoradas para reducir dichas emisiones: un estudio de la CE de 2012 afirmó que si todos los ciudadanos europeos siguieran una serie de consejos de salud alimentaria, las emisiones de gases de efecto invernadero se verían reducidas en un 30% en comparación con el consumo actual. Ahí es nada.

Está claro que si no cambiamos nuestra manera de alimentarnos seguiremos contribuyendo al cambio climático de forma más intensa, con las consecuencias que ello conlleva.

Con unos pequeños cambios podemos reducir nuestras emisiones un 25%, una proporción nada despreciable para un esfuerzo bastante bajo. Incluso pueden alcanzarse mayores reducciones: sería posible disminuir las emisiones hasta el 70 % sin dejar de cumplir las recomendaciones dietéticas nacionales, según la organización WWF.

 

–          Consumimos recursos de manera excesiva, transformando ecosistemas completos y provocando la pérdida de biodiversidad.

Sin ir más lejos, el consumo de productos de origen animal es responsable del 46 % del consumo total de agua en la UE. Esta cifra equivale a más del 37% de agua que se necesitaría para producir todas las cosechas necesarias para consumo humano y es más de 15 veces el porcentaje de consumo doméstico de agua (3 %)*.

La cantidad de energía consumida y el espacio usado para la producción de alimentos también son mucho mayores cuando no tenemos en cuenta la sostenibilidad en nuestra alimentación.

Al ocupar grandes extensiones de terreno para monocultivos, se produce una pérdida de biodiversidad, que no solo afecta a la zona ocupada, sino al ecosistema colindante. Al incrementarse la necesidad de más alimento por la población creciente, cada vez son necesarias más extensiones de terreno, lo que implica la destrucción de ecosistemas completos. ¿Solo a mí me parece muy feo esto?

 

–          Generamos demasiados residuos innecesarios.

Comida procesada y embalada en montones de capas que genera más montones de basura, la cual termina en vertederos, sin más fin que llevar de la tienda a tu casa un alimento que podría venir sin envasar o con mucho menos capas.

Además de todos esos plásticos y cartones, está la comida que tiramos. La que se ha puesto mala en la nevera, la que hemos cocinado y ha sobrado, la que hemos comprado y nunca nos hemos comido, la que se te ha olvidado que estaba ahí, la que ha caducado… Y es que tiramos UN TERCIO de la comida. Dime si no te parece una locura.

Todos estos residuos que generamos no desaparecen solos, aunque nos dé la impresión de que si cuando los tiramos al contenedor. No hay magia, no se desvanecen, permanecen en vertederos, y son la causa de emisiones y contaminación que no tendrían por qué existir.

 

–          Perjudicamos nuestra propia salud.

No deja de resultar curioso que los alimentos más recomendados para nuestra salud, también coincidan con los que tienen un menor impacto ambiental. Por lo tanto, apostar por la sostenibilidad es sinónimo en muchas ocasiones (si no en todas) de apostar por nuestra salud.

Mientras que los alimentos procesados e hipercalóricos que consumimos son causantes de enfermedades cardiovasculares, obesidad, diabetes e incluso algunos tipos de cáncer; apostando por una dieta más sana estaremos ayudándonos de forma directa e indirecta. Es decir, estaremos jugando con menos papeletas para terminar con cualquiera de esas enfermedades, y a la vez, al vivir en un medio ambiente más limpio, estaremos teniendo también una mejor salud.

 

–          Favorecemos el desequilibrio entre países.

Seamos realistas, es difícil dar de comer a más de 7.000 millones de individuos. Imagina cuando seamos 9.000 millones. No falta tanto para eso. Y mientras la mitad de la población sufre de obesidad, la otra mitad está malnutrida. Mientras unos tiramos un tercio de la comida, otros viven con hambre. Si no cambiamos nuestros hábitos estaremos incrementado estas diferencias.

 

Estoy convencida de que no quieres seguir contribuyendo a esto, así que no te pierdas el siguiente post, el último de esta serie sobre la alimentación sostenible:

– Comer de forma sana y sostenible ahora es más fácil que nunca.


 


*Datos extraídos de aquí y de aquí.


También te puede interesar:

– Modas en la alimentación: de la estupidez al peligro.

– La razón para no comprar agua embotellada de la que nadie habla.

– Top 10 de libros sobre sostenibilidad y medio ambiente.


Las 5 terribles consecuencias de no llevar una dieta sostenible

Sí, sigo dando la vara con el tema de la alimentación sostenible, y es que este es el segundo artículo de una serie de 3. Puedes leer aquí el primero, que trata de los 7 errores que te impiden llevar una alimentación sostenible.

Después de ver qué es eso que no nos deja cambiar a dietas más respetuosas con el medio ambiente y con nuestra salud, me parece que ha llegado el momento de plantear qué ocurre si no cambiamos ya nuestra forma de alimentarnos.

Comemos todos los días, varias veces, porque somos unos afortunados, por desgracia no es para todo el mundo igual. Cada vez que consumimos cualquier tipo de alimento estamos generando un impacto en el medio ambiente, más grande o más pequeño dependiendo de que se trate. También estamos teniendo una clara influencia en nuestra salud y bienestar. Y aunque no nos demos cuenta de ello, estamos influyendo en la vida de las personas que habitan incluso en la otra punta del mundo.

Es evidente que nuestra dieta tiene unas consecuencias para nosotros, para los demás y para el planeta. ¿Qué pasa entonces si seguimos comiendo de la misma forma que lo hacemos?

 

Las consecuencias de no llevar una dieta sostenible:

 

–          Incrementamos el cambio climático.

En Europa, el consumo de comida y bebida es responsable del 15 % de las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas del consumo nacional. Está bien documentado el potencial con el que cuentan las dietas mejoradas para reducir dichas emisiones: un estudio de la CE de 2012 afirmó que si todos los ciudadanos europeos siguieran una serie de consejos de salud alimentaria, las emisiones de gases de efecto invernadero se verían reducidas en un 30% en comparación con el consumo actual. Ahí es nada.

Está claro que si no cambiamos nuestra manera de alimentarnos seguiremos contribuyendo al cambio climático de forma más intensa, con las consecuencias que ello conlleva.

Con unos pequeños cambios podemos reducir nuestras emisiones un 25%, una proporción nada despreciable para un esfuerzo bastante bajo. Incluso pueden alcanzarse mayores reducciones: sería posible disminuir las emisiones hasta el 70 % sin dejar de cumplir las recomendaciones dietéticas nacionales, según la organización WWF.

 

–          Consumimos recursos de manera excesiva, transformando ecosistemas completos y provocando la pérdida de biodiversidad.

Sin ir más lejos, el consumo de productos de origen animal es responsable del 46 % del consumo total de agua en la UE. Esta cifra equivale a más del 37% de agua que se necesitaría para producir todas las cosechas necesarias para consumo humano y es más de 15 veces el porcentaje de consumo doméstico de agua (3 %)*.

La cantidad de energía consumida y el espacio usado para la producción de alimentos también son mucho mayores cuando no tenemos en cuenta la sostenibilidad en nuestra alimentación.

Al ocupar grandes extensiones de terreno para monocultivos, se produce una pérdida de biodiversidad, que no solo afecta a la zona ocupada, sino al ecosistema colindante. Al incrementarse la necesidad de más alimento por la población creciente, cada vez son necesarias más extensiones de terreno, lo que implica la destrucción de ecosistemas completos. ¿Solo a mí me parece muy feo esto?

 

–          Generamos demasiados residuos innecesarios.

Comida procesada y embalada en montones de capas que genera más montones de basura, la cual termina en vertederos, sin más fin que llevar de la tienda a tu casa un alimento que podría venir sin envasar o con mucho menos capas.

Además de todos esos plásticos y cartones, está la comida que tiramos. La que se ha puesto mala en la nevera, la que hemos cocinado y ha sobrado, la que hemos comprado y nunca nos hemos comido, la que se te ha olvidado que estaba ahí, la que ha caducado… Y es que tiramos UN TERCIO de la comida. Dime si no te parece una locura.

Todos estos residuos que generamos no desaparecen solos, aunque nos dé la impresión de que si cuando los tiramos al contenedor. No hay magia, no se desvanecen, permanecen en vertederos, y son la causa de emisiones y contaminación que no tendrían por qué existir.

 

–          Perjudicamos nuestra propia salud.

No deja de resultar curioso que los alimentos más recomendados para nuestra salud, también coincidan con los que tienen un menor impacto ambiental. Por lo tanto, apostar por la sostenibilidad es sinónimo en muchas ocasiones (si no en todas) de apostar por nuestra salud.

Mientras que los alimentos procesados e hipercalóricos que consumimos son causantes de enfermedades cardiovasculares, obesidad, diabetes e incluso algunos tipos de cáncer; apostando por una dieta más sana estaremos ayudándonos de forma directa e indirecta. Es decir, estaremos jugando con menos papeletas para terminar con cualquiera de esas enfermedades, y a la vez, al vivir en un medio ambiente más limpio, estaremos teniendo también una mejor salud.

 

–          Favorecemos el desequilibrio entre países.

Seamos realistas, es difícil dar de comer a más de 7.000 millones de individuos. Imagina cuando seamos 9.000 millones. No falta tanto para eso. Y mientras la mitad de la población sufre de obesidad, la otra mitad está malnutrida. Mientras unos tiramos un tercio de la comida, otros viven con hambre. Si no cambiamos nuestros hábitos estaremos incrementado estas diferencias.

 

Estoy convencida de que no quieres seguir contribuyendo a esto, así que no te pierdas el siguiente post, el último de esta serie sobre la alimentación sostenible:

– Comer de forma sana y sostenible ahora es más fácil que nunca.


 


*Datos extraídos de aquí y de aquí.


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